La gloria máxima del club llegó en el Campeonato Ecuatoriano de 2004. En una campaña inolvidable, el equipo rompió la historia para consagrarse campeón nacional por primera vez, bordando una estrella dorada que brilla eternamente en su escudo. Fue un triunfo que desató una fiesta monumental en Cuenca, demostrando que el sur del país también es tierra de campeones.
Además de su título, el «Cuenquita» ha sido un animador constante de la Serie A, logrando múltiples subcampeonatos (1975, 1976, 2005, 2007, 2009). Su presencia internacional es notable, habiendo disputado la Copa Libertadores en siete ocasiones, donde ha defendido el honor del fútbol azuayo enfrentando a potencias continentales con hidalguía y respeto.
El estilo del Deportivo Cuenca se forja en el Estadio Alejandro Serrano Aguilar. Aprovechando la altura de la ciudad, el equipo busca imponer un ritmo intenso y dinámico que desgaste a los rivales, especialmente a los de la costa. La «Garra Morlaca» no es un mito; es una exigencia de la grada que pide entrega absoluta y sacrificio en cada balón disputado.
Históricamente, el equipo se ha caracterizado por hacerse fuerte en casa, convirtiendo su estadio en un fortín difícil de vulnerar. Tácticamente, suelen apostar por un fútbol vertical y de presión, utilizando las bandas para generar peligro. La hinchada, liderada por la «Crónica Roja», empuja al equipo a no bajar los brazos nunca, convirtiendo los partidos en una batalla de honor local.
Fundado el 4 de marzo de 1971, el club nació para dar representación profesional a la ciudad. Sus colores, rojo y negro, junto al león rampante, son símbolos inequívocos de la identidad cuencana. Deportivo Cuenca es más que un equipo de fútbol; es un patrimonio social del Azuay, uniendo a todas las clases sociales bajo una misma pasión «colorada».
A pesar de las crisis económicas que ha enfrentado, la institución se mantiene viva gracias al amor incondicional de su gente. Es el único club de la ciudad en la élite, cargando con la responsabilidad de representar a toda una región. Su historia de lucha y supervivencia lo convierte en un símbolo de resistencia, demostrando que la pasión morlaca es indestructible.